EL CAFÉ DE LA REINA NEGRA

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En el pub de la Reina Negra se huele a café y se oye a Miles Davis. A veces también a Sinatra. Hace pocos meses que lo conozco. No es especial ni por su estética, ni por el sabor de lo que ofrece, supongo que como algunas personas. Empecé a frecuentarlo porque estaba cerca y porque siempre tiene sitio para uno más, supongo que como algunas personas. En la Reina Negra sacio uno de mis vicios –tengo más, pero todos son pequeños o, al menos, controlables-, que es tomar café sin compañía, una vez al día, en una mesa baja en la que de un poco el sol. Vicio puro.

Desde mi mesa baja y soleada de la Reina Negra observo a la gente. En silencio y disfrutando del café, a veces sin pretenderlo, se conocen las historias más íntimas de las personas que pasan por allí.  A mí siempre me atiende el mismo camarero, y ya nunca le pido nada. Depende de la hora a la que vaya, me pone café con leche o café solo. Él sabe lo que quiere una señorita. Viste camisa roja de uniforme con el primer botón abierto y pantalón negro. Lleva perilla y siempre huele a perfume. Debe rondar los cuarenta años y lleva en la muñeca derecha una pulsera de cuerda verde con nudos. Es extraño que un detalle tan pequeño como una pulsera juvenil en la muñeca de un hombre maduro pueda resultar tan atractivo. Sonríe con aire de motero gamberro cuando me dice que nunca me ha visto acompañada de ninguna mujer.

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