Por si muerden, por si se caen de los tacones, por si te cuentan su divorcio…

Hay amigos con los que solo quedas de vez en cuando. Los quieres y piensas en ellos casi todos los días, estás al tanto de sus vidas, pero los ves muy pocas veces. Morirías, estarías en la cárcel o en la calle si los vieras a menudo. A mi me pasa esto con una amiga a la que llamo La Señora. Ella me llama a mí igual. Nos conocimos trabajando un verano y ese verano conocí también decenas de bares, de personas y de cervezas y ginebras distintas. Cuando quedamos, nos decimos “venga, una cena tranquila para ponernos al día”. Ya.  Hacía cuatro meses desde la última vez que nos habíamos visto. Por algo será. Esta vez acordamos ir de tapeo tranquilo, yo presioné para que fuera entre semana, imagino que intentando evitar la tragedia: antes de que se fuera de las manos el asunto, podría decir eso de “mañana trabajo”. Parezco nueva. Dejé en sus manos el plan. Error. Fuimos a un bar de copas, en el que se sirven cenas algunos días de la semana, y teníamos mesa reservada, sorpresa, para cinco. Yo no conocía a los otros tres, pero no fallé cuando imaginé que, si los traía ella,  sería fauna de la noche: expertos en discotecas y en las novedades de Bershka, conocedores de las alcobas de toreros, empresarios y futbolistas. Una morena de pelo rizado, minifalda negra, camiseta azul y zapatos de charol. Fetén. Otra morena, moño alto, vaqueros y camisa a la que le faltaban varios botones por abrochar. Y el otro. Un militar con trazas de hipster: barba, camisa de cuadros, zapatillas y ese aire inconfundible de fan de Wilco. Completando la escena, La Señora con sus largas extensiones rubias, sus ojos pintados de negro, anillos de cruces y zapatos con pinchos de New Rock. Y en medio de todos, yo, que tengo la extraña habilidad de tener siempre un punto diferente a la gente con la que salgo: la más joven, la más seria, la nueva, la que no parece de aquí… Esta noche no pude acertar más poniéndome camisa y gafas de pasta. Claro, aquí era “la lista”. Según ellos, si llevas gafas, eres lista. Blanco y en botella, Malibú.  Greates Jits con toda su jota, que diría mi hermano. Desde el minuto uno en esta mesa lo era todo al mismo tiempo: la joven, nueva, seria (uh, qué difícil) y la que no parece de aquí. En fin, cosas. El caso es que el sitio era raro. Allí había una mezcla extraña. Chulapos hiperproteicos con camiseta de la XS  y jugadores de 3ª división (¿o es lo mismo?); veinteañeras buscando partidazos (y eso ya lo deja claro R la del Rancho: para partidazos, al fútbol); un buen número de usuarios de Just For Men, que nunca reconocerán usar; señoras en grupo, todas con más de medio siglo, todas separadas y todas, ojo al detalle que no es minino: poco –nada- acostumbradas a salir. Porque encontrarse en un bar de copas a un grupo de gente que para comentar su última salida de juerga tiene que remontarse más de diez años atrás es peligroso. Yo los evito. Por si muerden, por si se caen de los tacones, por si te cuentan su divorcio.

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