Ya se apagan las farolas

Tratándose de ella, él no lo puede controlar. Dice que es como una gata, siempre desafiante, siempre independiente, a veces cariñosa, a veces fiera. Que va y viene, sin avisar, sin preguntar. Intenta evitarla, se promete ser un hombre bueno, un hombre fiel. Pero si ella aparece, no lo será. Ella es una provocación. Y ella le dijo que no se enamorase. Hoy piensa en sus ojos y le dan escalofríos. Prefiere el recuerdo de sus manos que agarrar las de quien lleva al lado. Ojalá y a quien viera cada mañana fuera a ella. Ojalá y a quien abrazara por las noches fuera a ella. Pero ella ya ha desaparecido, él no le hizo caso.

 

 

 

La piú bella

Borsalinos, relojes en la derecha y vestidos verdes.

Asientos de tren pegados a la ventana, el sol en la cara y libros que acompañan.

Shorts, camisetas grises, gafas grandes y sandalias altas.

Perderse entre callejones, perderse entre copas de chardonnay.

El trench, remangado. Las flores, frescas. Ver amanecer, con café.

Volver a la cama, con camisa blanca. La música, que siempre suena.

Ay, yo voy.

 

EL CAFÉ DE LA REINA NEGRA

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En el pub de la Reina Negra se huele a café y se oye a Miles Davis. A veces también a Sinatra. Hace pocos meses que lo conozco. No es especial ni por su estética, ni por el sabor de lo que ofrece, supongo que como algunas personas. Empecé a frecuentarlo porque estaba cerca y porque siempre tiene sitio para uno más, supongo que como algunas personas. En la Reina Negra sacio uno de mis vicios –tengo más, pero todos son pequeños o, al menos, controlables-, que es tomar café sin compañía, una vez al día, en una mesa baja en la que de un poco el sol. Vicio puro.

Desde mi mesa baja y soleada de la Reina Negra observo a la gente. En silencio y disfrutando del café, a veces sin pretenderlo, se conocen las historias más íntimas de las personas que pasan por allí.  A mí siempre me atiende el mismo camarero, y ya nunca le pido nada. Depende de la hora a la que vaya, me pone café con leche o café solo. Él sabe lo que quiere una señorita. Viste camisa roja de uniforme con el primer botón abierto y pantalón negro. Lleva perilla y siempre huele a perfume. Debe rondar los cuarenta años y lleva en la muñeca derecha una pulsera de cuerda verde con nudos. Es extraño que un detalle tan pequeño como una pulsera juvenil en la muñeca de un hombre maduro pueda resultar tan atractivo. Sonríe con aire de motero gamberro cuando me dice que nunca me ha visto acompañada de ninguna mujer.

Más verás si no te mueres

Hay gente con un don especial, una naturalidad sin límites para el empleo de frases y proverbios célebres. No me refiero a la capacidad que tienen algunos para dotar de altura y categoría sus conversaciones y cuentas de Twitter insertando citas de Winston Churchill y Paulo Coelho. Es otra sabiduría, la sabiduría popular o social, según se mire.  La sabiduría que te dan los años y las horas: los años de relaciones y desengaños; las horas de barras y camas.  

Una conocida, R, es una fuente de esta sabiduría de persona mayor. En su caso, no tanto por las horas de barras y camas (está en ello), pero sí por las relaciones y desengaños. Y por que es como una vieja. Rubia, joven y mona, pero con una Blasa muy metida dentro de ella. Pronuncia estas frases con la naturalidad con la que una señora le dice a otra en un velatorio de pueblo “que por nadie pase”  y con la frecuencia con la que una chica de quince años le dice a su amiga “qué fuerte tía”.  Ella no lo sabe, pero yo intento utilizar mucho sus palabros y dichos. El manual es sencillo: las frases célebres de R valen en cualquier situación. Le dan un toque especial a cualquier asunto.

Estás tomando un café con amigos, ese café de los sábados por la tarde, ese en el que se planea la noche que viene o se comenta la anterior. Ese en el que ves a R y compañía en chándal, sin maquillar, porque “esto no es salir”, porque uno solo se arregla “para salir” y “para salir” significa “para ligar”. Bueno, pues ese. Entre caladas y caladas a los cigarros de Nobel y sorbos al capuchino que pides con mucha canela –“cuidado que es afrodisiaco”, guiño guiño codazo– aparece en la conversación el tal X, que es guapísimo y prometía, pero que te dejó de escribir y se perdió su pista. Oh, pardiez. Tú, que dices que te da igual, ya te imaginabas viajando a la piú bella Italia este verano, alquilando una vespa en Roma y comiendo helado a medias con él. Oh, pardiez. Aquí, lo que diría R es “Más verás si no te mueres”. Como suena: más verás si no te mueres. ¿Qué es lo que verás más? ¿Gente que desaparece? ¿Gente nueva? ¿Helados en Roma? Equis. Si no te mueres, lo verás.

Por si muerden, por si se caen de los tacones, por si te cuentan su divorcio…

Hay amigos con los que solo quedas de vez en cuando. Los quieres y piensas en ellos casi todos los días, estás al tanto de sus vidas, pero los ves muy pocas veces. Morirías, estarías en la cárcel o en la calle si los vieras a menudo. A mi me pasa esto con una amiga a la que llamo La Señora. Ella me llama a mí igual. Nos conocimos trabajando un verano y ese verano conocí también decenas de bares, de personas y de cervezas y ginebras distintas. Cuando quedamos, nos decimos “venga, una cena tranquila para ponernos al día”. Ya.  Hacía cuatro meses desde la última vez que nos habíamos visto. Por algo será. Esta vez acordamos ir de tapeo tranquilo, yo presioné para que fuera entre semana, imagino que intentando evitar la tragedia: antes de que se fuera de las manos el asunto, podría decir eso de “mañana trabajo”. Parezco nueva. Dejé en sus manos el plan. Error. Fuimos a un bar de copas, en el que se sirven cenas algunos días de la semana, y teníamos mesa reservada, sorpresa, para cinco. Yo no conocía a los otros tres, pero no fallé cuando imaginé que, si los traía ella,  sería fauna de la noche: expertos en discotecas y en las novedades de Bershka, conocedores de las alcobas de toreros, empresarios y futbolistas. Una morena de pelo rizado, minifalda negra, camiseta azul y zapatos de charol. Fetén. Otra morena, moño alto, vaqueros y camisa a la que le faltaban varios botones por abrochar. Y el otro. Un militar con trazas de hipster: barba, camisa de cuadros, zapatillas y ese aire inconfundible de fan de Wilco. Completando la escena, La Señora con sus largas extensiones rubias, sus ojos pintados de negro, anillos de cruces y zapatos con pinchos de New Rock. Y en medio de todos, yo, que tengo la extraña habilidad de tener siempre un punto diferente a la gente con la que salgo: la más joven, la más seria, la nueva, la que no parece de aquí… Esta noche no pude acertar más poniéndome camisa y gafas de pasta. Claro, aquí era “la lista”. Según ellos, si llevas gafas, eres lista. Blanco y en botella, Malibú.  Greates Jits con toda su jota, que diría mi hermano. Desde el minuto uno en esta mesa lo era todo al mismo tiempo: la joven, nueva, seria (uh, qué difícil) y la que no parece de aquí. En fin, cosas. El caso es que el sitio era raro. Allí había una mezcla extraña. Chulapos hiperproteicos con camiseta de la XS  y jugadores de 3ª división (¿o es lo mismo?); veinteañeras buscando partidazos (y eso ya lo deja claro R la del Rancho: para partidazos, al fútbol); un buen número de usuarios de Just For Men, que nunca reconocerán usar; señoras en grupo, todas con más de medio siglo, todas separadas y todas, ojo al detalle que no es minino: poco –nada- acostumbradas a salir. Porque encontrarse en un bar de copas a un grupo de gente que para comentar su última salida de juerga tiene que remontarse más de diez años atrás es peligroso. Yo los evito. Por si muerden, por si se caen de los tacones, por si te cuentan su divorcio.